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Noticias | Médicas | Las raíces psicológicas del antiliberalismo

La meta del liberalismo

Publicado: Miércoles, 21/2/2007 - 17:25  | 2167 visitas.

The Scream por Eduard Munch
The Scream por Eduard Munch
Imagen: Agencias / Internet
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Suele la gente pensar que el liberalismo se distingue de otras tendencias políticas en que procura beneficiar a determinada clase, la constituida por los poseedores, los capitalistas y los grandes empresarios, en perjuicio del resto de la población. Esa suposición es completamente errónea. El liberalismo ha pugnado siempre por el bien de todos. Tal es el objetivo que los utilitaristas ingleses pretendían describir con su no muy acertada frase de «la máxima felicidad, para el mayor número posible». Desde un punto de vista histórico, el liberalismo fue el primer movimiento político que quiso promover no el bienestar de grupos específicos sino el general. Difiere el liberalismo del socialismo -que igualmente proclama su deseo de beneficiar a todos- no en el objetivo perseguido, sino en los medios empleados.

Hay, sin embargo, quienes opinan que las consecuencias del liberalismo, por la propia naturaleza del sistema, al final resultan favoreciendo los intereses de una clase específica. Esa afirmación merece ser discutida. Uno de los objetivos de esta obra es demostrar que carece de fundamento.

Cuando el médico prohibe al paciente ingerir determinados alimentos, nadie piensa que le tiene odio ni que, si de verdad lo quisiera, le permitiría disfrutar los manjares prohibidos. Todo el mundo comprende que el doctor aconseja al enfermo apartarse de esos placeres simplemente porque desea que recupere la salud. Sin embargo, cuando se trata de política social, las cosas cambian extrañamente. En cuanto el liberal se pronuncia contra ciertas medidas demagógicas, porque conoce sus dañinas consecuencias sociales, inmediatamente lo acusan de enemigo del pueblo, mientras se vierten elogios y alabanzas sobre demagogos que abogan por medidas que a todos gustan sin comprender sus inevitables perjuicios.

La actividad racional se diferencia de la irracional en que implica momentáneos sacrificios. No son estos sino sacrificios aparentes, pues quedan ampliamente compensados por sus favorables resultados. Quien renuncia a ingerir delicioso pero perjudicial alimento efectúa provisional, aparente sacrificio. El resultado de tal actuación, conseguir la salud, pone de manifiesto que el sujeto no sólo no ha perdido, sino que ha ganado. Para actuar de tal modo se precisa, no obstante, advertir la correspondiente relación causal. Y de esto se aprovecha el demagogo. Ataca al liberal que sugiere provisionales y aparentes sacrificios, acusándolo de enemigo del pueblo, carente de corazón, mientras él se erige en el gran defensor de las masas. Sabe bien cómo tocar la fibra sensible del pueblo, cómo hacer llorar al auditorio describiendo tragedias y, de esa forma, justificar sus planes.

La política antiliberal es simplemente una política de consumo de capital. Aumenta la provisión presente a costa de la futura. Es el mismo caso del ejemplo del enfermo. El precio a pagar por la momentánea gratificación es un grave daño posterior. Hablar, en tal caso, de dureza de corazón frente a filantropía resulta, sin duda, deshonesto y mendaz. Y esto no es tan sólo aplicable a nuestros políticos y periodistas antiliberales de hoy, pues la cosa ya viene de antiguo; la mayor parte de los autores partidarios de la prusiana sozialpolitic recurrían a las mismas tretas.

Por supuesto, que en el mundo haya pobreza y estrechez no constituye un argumento válido contra el liberalismo, pese a lo que pueda pensar el embotado lector medio de revistas y periódicos. Esa penuria y esa necesidad son, precisamente, las lacras que el liberalismo quiere suprimir, proponiendo, al efecto, los únicos remedios realmente eficaces. Quien crea conocer otro camino, que lo demuestre. Lo inaceptable es eludir la demostración vociferando que a los liberales no les importa el bien común y que tan sólo les preocupa el bienestar de los ricos.

La naturaleza no regala nada. Todo lo contrario. Es avara, brutal, despiadada. Es por eso que la pobreza ha existido siempre. Para valorar los triunfos liberales y capitalistas basta comparar nuestro nivel de vida actual con el que prevaleció en todas partes y durante toda la historia de la humanidad hasta la edad moderna. Las sociedades en que se aplican principios liberales suelen calificarse de capitalistas y capitalismo se denomina el régimen que en ellas impera. Sin embargo, hoy en día resulta difícil demostrar la enorme potencialidad social del capitalismo puesto que la política económica liberal sólo se aplica muy parcialmente. Con todo, se puede denominar justamente a nuestra época la edad del capitalismo, ya que toda la actual riqueza proviene de la operación de instituciones típicamente capitalistas. La mayoría de nuestros contemporáneos gozan de un nivel de vida muy superior al que los más ricos y privilegiados disfrutaban hace tan sólo unas pocas generaciones. Ha sido así gracias a las ideas liberales que aún sobreviven y a lo que del capitalismo queda.

Los demagogos, desde luego, con su habitual retórica, presentan las cosas de modo diametralmente opuesto. Los adelantos en los métodos productivos -dicen- sirven tan sólo para enriquecer cada vez más a las minorías favorecidas por la fortuna, mientras las masas van hundiéndose en una pobreza creciente. La más mínima reflexión, sin embargo, demuestra que todos los progresos técnicos e industriales se orientan hacia el enriquecimiento y progreso de los humildes. Los ricos y poderosos siempre han vivido bien. Pero, en el mundo moderno, las grandes industrias de bienes de consumo e, indirectamente, las que fabrican maquinaria y productos semiterminados trabajan para las masas.

Los enormes progresos industriales de las últimas décadas, así como los del siglo XVIII y los de la llamada revolución industrial invariablemente dieron lugar a una mejor satisfacción de las necesidades de las masas. El desarrollo de la industria textil, la mecanización del calzado, las mejoras en la conservación y transporte de los alimentos benefician a una clientela cada día más amplia. Es por eso por lo que las gentes visten y comen hoy mejor que nunca. La producción masiva no sólo procura casa, comida y ropa a los más humildes, sino que también atiende a otras muchas necesidades populares. La prensa y el cine gratifican a muchos; el teatro y otras manifestaciones artísticas, antes sólo de minorías, se han transformado en espectáculos de masas.

La apasionada propaganda antiliberal, que retuerce los hechos, ha dado lugar, sin embargo, a que las gentes asocien los conceptos de liberalismo y capitalismo con la imagen de un mundo sumido en una pobreza creciente. No consiguieron los demagogos, a pesar de tanta palabrería, dar a los términos «liberal» y «liberalismo» un tono verdaderamente peyorativo, como era su deseo. Las gentes, pese a tanto lavado de cerebro, siguen viendo cierta asociación entre aquellos vocablos y la palabra «libertad». Por eso los escritos antiliberales no atacan demasiado al «liberalismo», prefiriendo atribuir al «capitalismo» todas las infamias que, en su opinión, engendra realmente el liberalismo. Porque el vocablo capitalismo evoca en las gentes la figura de un patrono sin entrañas que no piensa más que en su enriquecimiento personal, aunque sea a costa de los demás.

En realidad, son pocos los que se dan cuenta de que el orden social estructurado de acuerdo con los auténticos principios liberales sólo deja un camino a los empresarios y capitalistas para enriquecerse, a saber, el atender del mejor modo posible las necesidades de la gente. La propaganda antiliberal, desde luego, lejos de evocar el capitalismo cuando alude a la prodigiosa elevación del nivel de vida de las masas, sólo lo cita cuando denuncia la pobreza existente, que no se ha podido superar, precisamente, por las limitaciones impuestas a los principios liberales. ... Los argumentos empleados por la demagogia para echar la culpa al liberalismo de cuantos perjuicios ocasionan las medidas antiliberales es más o menos como sigue.

Se comienza por afirmar, sin demostración alguna, que el liberalismo favorece los intereses de capitalistas y empresarios, con el correspondiente perjuicio para el resto de la población, de suerte que progresivamente se va enriqueciendo a los ricos y depauperando a los pobres. Se dice, después, que muchos capitalistas y empresarios son partidarios del proteccionismo arancelario, habiendo algunos, incluso, como los fabricantes de armamentos, que recomiendan una política de «preparación bélica». De tal concatenación surge, de pronto, la conclusión de que todo ello es consecuencia de la «propia mecánica capitalista ».

La verdad, sin embargo, es bien distinta. El liberalismo no trabaja en favor de grupo alguno, sino en interés de la humanidad entera. Sin duda, le conviene al empresario o capitalista pero tanto como a cualquier otro (ver Indice de la libertad económica). Es más, si algún empresario o capitalista pretendiera ocultar sus conveniencias personales tras la máscara del programa liberal, rápidamente se alzarían contra tal propósito los demás empresarios y capitalistas, defendiendo su propio interés. No son tan simples las cosas como suponen quienes sólo ven «conveniencias» e «intereses creados». El que el gobierno no imponga pongamos por caso, una tarifa proteccionista a la importación de los productos siderúrgicos no puede explicarse diciendo que tal medida beneficia a los magnates del acero por una sencilla razón: porque hay gente en el país, incluso empresarios, a quienes la medida perjudica. En el capitalismo nunca puede dominar un sólo interés o una sola voz. Tampoco hablar de sobornos, pues los que son corrompidos por tales medios son una minoría.

La ideología en que se ampara la tarifa proteccionista no la crean ni las «partes interesadas» ni los sobornados, sino los ideólogos que engendran pensamientos que luego, por desgracia, determinarán la actividad del país entero. La gente argumenta en antiliberal, por ser la idea que prevalece; hace cien años, en cambio y por la misma razón, la mayoría pensaba en términos liberales. Si hay empresarios favorables al proteccionismo, ello no es sino consecuencia del antiliberalismo que todo lo domina. (ver Conflicto de Visiones). Tal hecho, desde luego, nada tiene que ver con la doctrina liberal.

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