Es inmoral considerar la riqueza como un anónimo producto tribal y hablar de redistribuirla. La idea de que la riqueza es resultado de algún confuso proceso colectivo en el que todos pusieron algo sin que pueda determinarse qué hizo cada quien, podrÃa quizá ser adecuada en la jungla para una horda salvaje transportando piedras por bruta fuerza fÃsica (aunque, aun allÃ, alguien tuvo que haber iniciado y organizado el transporte); pero sostener esta idea en una sociedad industrial, donde la labor individual está pública y precisamente identificada, es tan crasa falsedad que aun concederle el beneficio de la duda resulta indecoroso.
Cualquiera que haya sido alguna vez empleador o empleado, que haya visto a los hombres trabajando o haya ejecutado él mismo una sola honrada jornada de labor, sabe la importancia crucial que en todos y cada uno de los géneros de trabajo, desde el más bajo hasta el más alto, tienen la habilidad, la inteligencia, la mente competente y concentrada. Y sabe que la habilidad, o la falta de habilidad (real o simulada), constituye una diferencia de vida o muerte en cualquier proceso productivo. La evidencia de esto es tan clara y abrumadora -teórica y prácticamente, lógica y empÃricamente, en los acontecimientos de la historia y en los sucesos cotidianos de la vida de cada quien que nadie puede alegar ignorancia. Errores de tal magnitud nunca son inocentes. Cuando los grandes industriales amasan fortunas en un mercado libre (esto es, sin el uso de la fuerza y sin asistencia o interferencia del gobierno) crean riqueza nueva; no se la quitan a los que la han creado. ¡Y si lo dudáis, echad una mirada al «producto social total» y al estándar de vida de aquellos paÃses donde a esos hombres no se les ha permitido existir!
Obsérvese cuán raras veces y de qué manera tan inapropiada se trata de la inteligencia humana en los escritos de los teorizantes de la posición tribal-estatista-altruista. Obsérvese cómo los partidarios actuales de una economÃa mixta evaden y evitan cuidadosamente toda mención de la inteligencia y de la habilidad en sus análisis de las cuestiones polÃtico-económicas, en sus alegatos, en sus exigencias por los grupos de presión para el saqueo del «producto social total».
Con frecuencia se pregunta: ¿por qué el capitalismo ha sido destruido, a pesar de sus incomparables beneficios? La respuesta radica en el hecho de que la savia vital que nutre a todo sistema social es la filosofÃa dominante en la cultura de ese sistema, y el capitalismo ha carecido de una base filosófica. Fue el producto final y teóricamente incompleto de la influencia aristotélica. Cuando una nueva ola de misticismo inundó la filosofÃa del siglo XIX, el capitalismo quedó abandonado en un vacÃo intelectual, rota su vena nutricia. Ni su sentido moral, ni aun sus principios polÃticos, han sido cabalmente entendidos y definidos. Sus supuestos defensores lo consideraron compatible con los controles gubernamentales, es decir, con la interferencia del gobierno en la economÃa, ignorando el sentido y las implicaciones del concepto de «laissez faire». Y asÃ, lo que en la práctica existió en el siglo XIX no fue el capitalismo puro, sino varias economÃas mezcladas en diversos grados. Y como los controles requieren y engendran nuevos controles, fue el elemento estatista de las mezclas el que las arruinó y fue el elemento capitalista libre el que cargó con la culpa.
Ningún sistema social, ninguna institución, ninguna actividad humana puede sobrevivir sin una base moral.