En relación con un mercado libre, es importante entender la distinción entre valor intrÃnseco, subjetivo y objetivo. El valor de mercado de un producto no es un valor intrÃnseco, no es un «valor en sà mismo». Un mercado libre no pierde nunca de vista la cuestión: ¿valioso para quién? Dentro del amplio campo de la objetividad, el valor de mercado de un producto no refleja su valor filosóficamente objetivo, sino sólo su valor socialmente objetivo.
Por filosóficamente objetivo entiendo un valor estimado por la mente más racional poseedora de los mayores conocimientos en una categorÃa y periodo determinado, en una circunstancia definida. Por ejemplo, puede probarse por razón que el aeroplano es objetivamente de mayor valor para el hombre que la bicicleta; puede demostrarse que las obras de VÃctor Hugo son más valiosas que las revistillas de «confidencias». Pero si la capacidad intelectual de un hombre determinado le permite apenas disfrutar de estas revistillas, no hay razón para exigirle que gaste recursos en adquirir libros que no es capaz de leer; ni hay por qué imponerle que contribuya al sostenimiento de la industria aeronáutica, si sus necesidades de transporte no van más allá del alcance de una bicicleta. Y, tampoco hay ninguna razón para que la humanidad haya de ser retenida al nivel del gusto literario, de la capacidad industrial y de la potencialidad económica de este hombre. Los valores no se determinan por decreto ni por voto mayoritario.
Asà como el número de sus adeptos no es prueba de la verdad o falsedad de una idea, o del mérito o demérito de una obra de arte, asà también el valor de mercado de los bienes y servicios no representa necesariamente su valor filosóficamente objetivo, sino sólo su valor socialmente objetivo, esto es: la suma de los juicios individuales de todos los hombres comprendidos en un momento dado en el tráfico de esos bienes o servicios, la suma de lo que ellos valúan, cada uno dentro de la circunstancia de su propia vida.
De este modo, un fabricante de lápices labiales puede amasar una fortuna mucho mayor que la de un fabricante de microscopios, aun cuando pueda racionalmente demostrarse que los microscopios son cientÃficamente más valiosos que los lápices labiales. SÃ, pero valiosos ¿para quién? Un microscopio no es valioso generalmente para una taquÃgrafa que se gana la vida con su trabajo, y, en cambio, un lápiz labial sà lo es. Un lápiz labial puede significar para ella la diferencia entre la confianza en sà misma y la desconfianza entre el esplendor y el sudor.
Esto no significa que los valores que rigen el mercado sean subjetivos. Si esta taquÃgrafa gasta todo su dinero en cosméticos, sin reservar nada para el uso de un microscopio en el momento en que lo necesite (cuando tenga que pagar por ello con ocasión de un análisis de laboratorio para su salud), aprenderá que debe hacer una mejor distribución de sus ingresos. El mercado libre le servirá de preceptor: no tendrá manera de hacer pagar a otros por los errores de ella. Si ha actuado con prudencia, tendrá a su disposición el microscopio para sus propias necesidades y no más; pagará por él en la medida en que le importa y no tendrá que tributar para sostener todo un hospital, ni un laboratorio de investigaciones. Dentro de su propia capacidad productiva, pagará una parte del costo de los adelantos cientÃficos, en la medida en que los necesite. No tiene ningún deber social; su propia vida es su propia responsabilidad, y la única cosa que el capitalismo le exige es la única cosa que la naturaleza exige: racionalidad, esto es: que viva y obre de acuerdo con lo mejor de su propio juicio.