Hay tres escuelas de pensamiento acerca de la naturaleza del bien: la intrÃnseca, la subjetiva y la objetiva. La intrÃnseca sostiene que el bien es inherente a ciertas cosas o acciones, independientemente de sus circunstancias y de sus consecuencias, independientemente de los beneficios o daños que puedan causar a los sujetos afectados. Es una teorÃa que separa el concepto del bien del beneficiario y el concepto de valor de todo valuador y de todo propósito, afirmando que el bien es bien en sà y por sà mismo.
La teorÃa subjetivista sostiene que el bien no guarda relación con la realidad, sino que es el producto de la conciencia del hombre, creado por sus sentimientos, sus deseos, sus intuiciones o sus caprichos, y que es meramente un «postulado arbitrario», o un «compromiso emocional».
La teorÃa intrÃnseca sostiene que el bien reside en alguna forma de realidad independiente de la conciencia del hombre; la teorÃa subjetivista sostiene que el bien reside en la conciencia del hombre, independientemente de la realidad.
La teorÃa objetiva sostiene que el bien es una valuación de los hechos de la realidad por la conciencia del hombre, de acuerdo con un patrón racional de valor. (derivado de los hechos de la realidad y validado por un proceso de la razón). La teorÃa objetiva sostiene que el bien es un aspecto de la realidad en relación con el hombre que debe ser descubierto por el hombre. Para una teorÃa objetiva de los valores es fundamental la cuestión: ¿valor para quién y para qué? Una teorÃa objetiva no permite omitir la circunstancia ni sustraer el concepto; no permite separar el valor del propósito, el bien del beneficiario y las acciones del hombre, de su razón.
De todos los sistemas sociales en la historia de la humanidad, el capitalismo es el único sistema basado en una teorÃa objetiva de los valores.
La teorÃa intrÃnseca y la teorÃa subjetivista, o una mezcla de ambas, son la base de toda dictadura, de toda tiranÃa y de todas las variantes del Estado. Sea que estas teorÃas sean sostenidas en forma consciente o subconsciente, ya sea en la forma expresa de un tratado filosófico o en el confuso caos de los ecos de éste en los sentimientos del hombre común, estas teorÃas hacen posible para un hombre creer que el bien es independiente de la mente humana y que puede ser realizado por la fuerza fÃsica.
Si un hombre cree que ciertos actos son en sà buenos, no dudará en forzar a otros a ejecutarlos. Si cree que el beneficio o el daño causado a los hombres por tales actos carece de valor, verá un mar de sangre como algo sin importancia. Si cree que los beneficiarios de esos actos carecen de significación propia o son sustituibles unos por otros, considerará el genocidio como su deber moral en servicio de un bien «más alto». Ha sido la teorÃa intrÃnseca de los valores la que produjo un Robespierre, un Lenin, un Stalin o un Hitler.
Si otro hombre cree que el bien es fruto de una elección subjetiva arbitraria, la disyuntiva entre el bien y el mal se convertirá para él en ésta: mis sentimientos o los de los otros. Con este hombre no hay forma de entendimiento. La razón es el único medio de comunicación entre los hombres, y la realidad objetivamente perceptible su único cuadro de referencia. Cuando éstos se invalidan o se estiman insignificantes, la fuerza viene a ser el único trato entre los individuos. Cuando el subjetivista propugna su ideal social, se siente autorizado a subyugar a los demás, puesto que siente que él posee el bien y que a su realización sólo se oponen los equivocados sentimientos de los otros.