Mucho puede aprenderse acerca de la sociedad estudiando al hombre. Pero la inversa no es verdadera: nada puede aprenderse del hombre estudiando la sociedad, es decir, estudiando relaciones entre entidades que no se han identificado ni definido. Sin embargo, éste ha sido el método adoptado por muchos economistas, y equivale al siguiente postulado implÃcito: «El hombre es lo que se ajusta a las ecuaciones económicas». Y como claramente esto no es cierto, conduce al hecho curioso de que a pesar de la naturaleza práctica de su ciencia, los economistas son incapaces de poner de acuerdo sus abstracciones con los datos concretos de la existencia real.
Esto los lleva a una curiosa especie de doble patrón en su modo de considerar a los hombres y los acontecimientos. Si observan sencillamente a un zapatero, concluyen que está trabajando para ganarse la vida; pero como economistas, dominados por el principio tribal, declaran que el propósito (y deber) del zapatero es proveer de zapatos a la sociedad. Si ven a un mendigo en la calle, lo identifican como un vago; pero en economÃa polÃtica, este mendigo viene a ser un «consumidor soberano». Si escuchan la doctrina comunista de que toda la propiedad pertenece al Estado, la rechazan con energÃa; pero en términos de economÃa polÃtica, hablan del deber del gobierno de realizar una «más justa distribución de la riqueza», y consideran a los hombres de negocios como «los mejores y más eficientes administradores de los recursos naturales de la nación».
Para rechazar esta premisa y para empezar por el principio en el estudio de la economÃa polÃtica y en la valuación de los varios sistemas sociales, debemos empezar por identificar la naturaleza del hombre, es decir, por determinar aquellas caracterÃsticas esenciales que lo distinguen de todas las demás especies vivientes.
La caracterÃstica esencial del hombre es su facultad racional. La mente del hombre es su medio de supervivencia y único medio de adquirir conocimiento. El hombre no puede sobrevivir, atenido a las meras percepciones. No puede proveer la satisfacción de sus necesidades fÃsicas más elementales sino gracias a un proceso de pensamiento. Ha de recurrir a un proceso de pensamiento para descubrir cómo plantar y cultivar sus alimentos o cómo hacer armas para la caza. Sus solas percepciones podrán guiarlo hacia una cueva, pero hasta para construir una simple choza necesitará de un proceso de pensamiento. Ni sus percepciones ni sus instintos le dirán cómo hacer fuego, cómo tejer una tela, cómo fabricar instrumentos, cómo construir una rueda, cómo hacer un aeroplano, cómo ejecutar una apendicectomÃa, cómo producir una lámpara incandescente o una caja de cerillos. Y, sin embargo, su vida depende de estos conocimientos y sólo un acto volitivo de su conciencia, un proceso de pensamiento, puede proporcionárselos.
Un proceso de pensamiento es un proceso enormemente complejo de identificación y de integración que sólo una mente individual puede realizar. No existe algo asà como un cerebro colectivo. Los hombres pueden aprender unos de otros; pero el aprendizaje requiere un proceso de pensamiento de parte de cada aprendiz individual. Los hombres pueden cooperar en el descubrimiento de nuevos conocimientos; pero esta cooperación requiere el ejercicio independiente, por cada cientÃfico individual, de sus facultades racionales. Pruebas de esto son la decadencia de las civilizaciones y las épocas tenebrosas de la historia del progreso humano, cuando los conocimientos acumulados por siglos se esfumaron de las vidas de hombres que no supieron o no quisieron o a quienes no les fue permitido pensar.