El concepto del hombre como individuo libre e independiente ha sido totalmente extraño a la cultura de Europa, que desde sus raÃces ha sido una cultura tribal. En el pensamiento europeo, la tribu ha sido la entidad única, y el hombre sólo una de sus células intercambiables. Y eso comprende lo mismo a los amos que a los siervos. Los amos han tenido sus privilegios sólo en virtud de los servicios que han prestado a la tribu, servicios considerados como de noble categorÃa: la fuerza armada y la defensa militar. Pero el noble, al igual que el siervo, fue sólo un mueble al servicio de la tribu: su vida y su propiedad pertenecÃan al rey. Debe recordarse que la institución de la propiedad privada, en el cabal y legal significado del término, nació sólo con el capitalismo, en las edades precapitalistas, la propiedad privada existÃa de facto, pero no de dejure; esto es, existÃa por costumbre y concesión y no por derecho ni por ley. En derecho y en principio toda la propiedad pertenecÃa al jefe de la tribu, el rey, y era tenida sólo por permiso y concesión del rey, quien podÃa revocarlas a su gusto en cualquier momento. (El rey podÃa expropiar, y de hecho expropió muchas veces, las propiedades de las nobles recalcitrantes, a través de todo el curso de la historia de Europa).
La filosofÃa americana de los derechos del hombre no ha sido nunca cabalmente captada por los intelectuales europeos. La idea de emancipación predominante en Europa ha consistido en el cambio del concepto del hombre como esclavo del Estado absoluto encarnado en el rey, al concepto del hombre como esclavo del Estado absoluto encarnado en el pueblo; es decir, en cambiar del estado de esclavitud respecto al jefe de la tribu, al estado de esclavitud respecto a la tribu.
Por esto, los pensadores europeos no se dieron cuenta del hecho de que, durante el siglo XIX, los galeotes habÃan sido reemplazados por los inventores de barcos de vapor y los herreros de aldea por los propietarios de altos hornos, y siguieron pensando en términos que resultan contradictorios entre sÃ, como los de «esclavitud del salario» o «el egoÃsmo antisocial de los industriales, que toman tanto de la sociedad sin dar nada en cambio», todo esto descansando sobre el axioma indiscutido de que la riqueza es un anónimo producto tribal. Semejante noción ha permanecido indisputada hasta hoy, y representa la premisa implÃcita y la base de la economÃa polÃtica contemporánea.
Para que el capitalismo pueda ser entendido, es preciso denunciar e invalidar este principio tribal.
La humanidad no es una entidad, ni un organismo ni un agregado coralino. La entidad que interviene en la producción y en el comercio es el hombre, Y es con el estudio del hombre (y no con el de ese impreciso agregado llamado «comunidad») con lo que toda ciencia humanÃstica tiene que empezar. Esta cuestión representa una de las diferencias epistemológicas entre las ciencias humanÃsticas y las ciencias fÃsicas, y una de las causas del bien ganado complejo de inferioridad de aquéllas frente a éstas. Una ciencia fÃsica no se permitirÃa (al menos, no se ha permitido) ignorar o pasar por alto la naturaleza de su objeto. Semejante intento significarÃa algo asà como una ciencia de la astronomÃa que contemplara el firmamento, pero se rehusara a estudiar cada una de las estrellas, planetas y satélites, o una ciencia de la medicina que estudiara la enfermedad, pero sin ningún conocimiento ni criterio de la salud y que tomara, como objeto básico de estudio, un hospital en su totalidad, sin prestar atención a los pacientes individuales.