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Las raíces psicológicas del antiliberalismo

Aunque Ludwig von Mises abordaba los asuntos de la cooperación social, logró una interesante y plausible explicación sobre la psicología de las personalidades anti-liberales.

Publicado: Miércoles, 21/2/2007 - 17:21  | 11494 visitas.

The Scream por Eduard Munch
The Scream por Eduard Munch
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Introducción al liberalismo

Ludwig von Mises

1. Introducción

Los filósofos, sociólogos y economistas del siglo XVIII y primera parte del XIX formularon un programa político que presidió el orden social en Inglaterra y los Estados Unidos primero; en el continente europeo, después, y, finalmente, en otros lugares del mundo. Sin embargo, ese programa no fue aplicado íntegramente en parte alguna. Sus defensores no consiguieron que sus ideas fueran aceptadas en su totalidad ni siquiera en la Gran Bretaña, en el país liberal por excelencia. El resto del mundo aceptó tan sólo algunas partes, rechazando desde un principio otras no menos importantes o abandonándolas al poco de su implantación. Exageraría quien dijera que el mundo llegó a conocer una verdadera era liberal, pues el liberalismo nunca pudo funcionar a plenitud.

Con todo, aunque su predominio fue breve e incompleto, el liberalismo logró transformar la faz de la tierra. Produjo un desarrollo económico sin precedentes en la historia del hombre. Al liberar las fuerzas productivas, los medios de subsistencia se multiplicaron como por encanto. Cuando empezó la primera guerra mundial (consecuencia ella misma de larga y áspera oposición a los principios liberales y que, a su vez, iba a dar inicio a un período de aún más agria resistencia al liberalismo), nuestro planeta tenía una población incomparablemente mayor que nunca antes y la inmensa mayoría gozaba de un nivel de vida incomparablemente superior. La prosperidad engendrada por el liberalismo redujo drásticamente el azote de la mortalidad infantil y elevó sustancialmente el promedio de vida.

Tal prosperidad en modo alguno benefició exclusivamente a una clase específica de privilegiados. Muy por el contrario, en vísperas de la primera guerra mundial, el obrero europeo, el americano y el de los dominios británicos vivía mejor y más confortablemente que los aristócratas de épocas muy cercanas. Comía y bebía lo que quería; podía dar buena instrucción a sus hijos; podía, si quería, tomar parte en la vida intelectual y cultural de su país y, de poseer la energía y el talento necesarios, no le resultaba difícil ascender y mejorar su status social. En las naciones donde más influencia había alcanzado la filosofía liberal, la cúspide de la pirámide social se hallaba generalmente ocupada por personas que, sabiendo aprovechar las circunstancias, consiguieron ascender a los puestos más envidiados gracias a su esfuerzo personal. Desaparecían las barreras que en otras épocas separaban a siervos y señores. Ya no había más que ciudadanos, sujetos todos a un mismo derecho. Nadie era discriminado o importunado por razón de su nacionalidad, opinión o credo. En los pueblos civilizados no había persecuciones políticas ni religiosas y las guerras internacionales eran menos frecuentes. Hubo optimistas que comenzaban a entrever una era de paz perpetua.

Pero las cosas cambiaron pronto. Gran parte de los logros liberales fue desvirtuada por las poderosas y violentas corrientes de opinión antiliberal que surgieron en el propio siglo XIX. Nuestro mundo actual no quiere ya ni oír hablar del liberalismo. El término «liberal», salvo en Inglaterra, es objeto de condena por doquier. Hay todavía «liberales» en Gran Bretaña, pero la mayor parte de ellos lo son sólo de nombre. Más exacto sería calificarlos de socialistas moderados. El poder público se halla hoy en día, por doquier, en manos de las fuerzas antiliberales. Los programas de tales partidos desencadenaron, ayer, la primera guerra mundial y, actualmente, por virtud de cuotas de importación y exportación, tarifas aduaneras, barreras migratorias y medidas similares, están aislando cada vez más a todas las naciones. Esos mismos idearios han auspiciado, en la esfera interna de cada país, experimentos socialistas que sólo han servido para reducir la productividad del trabajo y aumentar la escasez y la pobreza.

Sólo quien voluntariamente cierre los ojos a la realidad puede dejar de ver por doquier signos anunciadores de una inminente catástrofe económica de ámbito mundial. El antiliberalismo apunta hacia el colapso de nuestra civilización (ver El Camino de la servidumbre).

Quien desee informarse de qué es, realmente, el liberalismo y cuáles sus metas, no puede contentarse con la simple lectura de los primeros liberales y los resultados que consiguieron alcanzar, pues, como decíamos, el liberalismo jamás logró implantar ese ideario en parte alguna.

Las manifestaciones de los partidos que hoy se denominan liberales tampoco sirven para ilustrarnos acerca de qué sea el auténtico liberalismo. Incluso en Inglaterra, como señalábamos, la filosofía que actualmente se considera liberal se halla mucho más cerca de los «tories» y los socialistas que del viejo programa librecambista. Cuando uno se encuentra con liberales que admiten la nacionalización de los ferrocarriles, de las minas y de otras empresas, apoyando incluso la implantación de tarifas proteccionistas, hay que llegar a la conclusión de que, en la actualidad, del liberalismo no queda sino el nombre.

La lectura de los escritos de los grandes fundadores de la escuela tampoco basta para abarcar actualmente la idea liberal. Porque el liberalismo, en modo alguno, constituye un dogma fijo, ni una doctrina congelada; al contrario, es la aplicación a la vida social de descubrimientos científicos específicos. Por lo mismo que los conocimientos económicos, sociológicos y filosóficos no han dejado de progresar desde la época de David Hume, Adam Smith, David Ricardo, Jeremy Bentham y Wilhelm Humboldt, la teoría liberal también difiere hoy de la que presentaban aquellos autores, aun cuando las bases fundamentales no hayan cambiado. Nadie, desde hace mucho tiempo, se ha tomado la molestia de formular una exposición concisa de qué es el liberalismo actual; eso parece justificar la aparición del presente ensayo.

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Los tratamientos con con electroshock fueron recetados para un gran número de trastornos psicológicos, hoy en día entre otros tratamientos se utilizan Inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina
Los tratamientos con con electroshock fueron recetados para un gran número de trastornos psicológicos, hoy en día entre otros tratamientos se utilizan Inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina

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