Ser sueco nuevamente significa ser admirado. Suecia es “la sociedad más existosa que el mundo jamás ha conocido”, declara el periódico de izquierda The Guardian; “los suecos lideran las reformas en Europa”, declara el periódico pro libre mercado Financial Times; sólo el modelo nórdico “combina tanto equidad como eficiencia”, explica un reporte reciente de la Comisión Europea.
En un contencioso debate europeo marcado por la hostilidad, las manifestaciones y el desasosiego, Suecia parece ser una apuesta segura –neutral, poco controversial y sin opositores naturales. Suecia es un test de Rorschach: la Izquierda ve un Estado Benefactor generoso y la Derecha ve una economía abierta que pide desregulación en la Unión Europea. La única cosa en que los reformistas británicos y los proteccionistas franceses pudieron estar de acuerdo en la cumbre de la UE en Bruselas de Marzo fue que Europa podria aprender de la combinación de provisiones sociales generosas y una economía de alto crecimiento del modelo escandinavo. Suecia es percibida como la proverbial “tercera vía”, al combinar la apertura y creación de riqueza del capitalismo con la redistribución y la red de seguridad del socialismo. Es el mejor de ambos mundos.
Pero las cosas en Suecia no están tan bien como sus promotores quisieran creer. Durante mucho tiempo el parangón de la sociademocracia, el modelo sueco se pude por dentro. Irónicamente, el fundamente social y económico único que en primer lugar permitió a Suecia construir su edificio político –y que le vuelve un modelo tan difícil de emular por otros países- ha sido críticamente debilitado por el sistema que ayudó a crear. Lejos de ser una solución para los nuevos paises enfermos de Europa, Suecia debe enfrentar retos serios y fundamentales en el centro de su modelo social.