Los incendios forestales han sido un mecanismo natural en el funcionamiento del planeta Tierra durante cientos de millones de años. Los grandes fuegos han chamuscado el planeta durante 400 millones de años y han sido una parte integral del sistema que conocemos durante los últimos 350 millones.
Pero desde que los seres humanos han empezado a controlar los incendios, su significado o razón de ser en muchos ecosistemas ha cambiado.
Esta conexión entre humanos y fuego ha enmascarado a menudo nuestra comprensión del fuego natural, especialmente la influencia del cambio climático en la frecuencia de los incendios y su extensión. En los últimos años han crecido las advertencias de que se producirá un aumento de los incendios forestales como consecuencia del temido cambio climático. Al tiempo que algunos grandes fuegos ocurridos recientemente no han sino ayudado a fomentar la idea de que el calentamiento está detrás.
Sin embargo, un estudio en el que han participado nueve investigadores de siete instituciones diferentes -publicado en la revista Nature Geoscience- revela que, contrariamente a lo que pueda pensarse, los incendios forestales han disminuido precisamente a partir de la segunda revolución industrial, es decir, cuando más dióxido de carbono (CO2), principal gas de efecto invernadero, causante del calentamiento global, hay concentrado en la atmósfera terrestre.
Lograr tierras fértiles
El equipo analizó 406 registros sedimentarios de carbón procedentes de lechos de lagos en todos los continentes. Lo que encontraron fue que durante los últimos 2.000 años, la actividad del fuego fue mayor entre 1750 y 1870. Después, se produjo un declive dramático que se prolongó durante cien años (hasta 1970), y todo ello a pesar del incremento de las temperaturas y el crecimiento de la población mundial.
«Basándonos en estos registros, creemos que la reducción de la biomasa quemada durante esos cien años puede ser atribuida a la expansión global de la agricultura y a un pastoreo intensivo de la ganadería que redujo los elementos de combustión al tiempo que fragmentó el territorio», asegura la directora de la investigación, Jennifer Marlon, de la universidad de Oregón (Estados Unidos).
Una situación heredada sin duda del período anterior, donde precisamente el fuego campó a sus anchas para transformar los bosques en tierras fértiles para la agricultura. El primer período analizado, sin embargo, que también fue el más largo, los primeros 1.750 años de nuestra era, estuvo marcado por pocos incendios, probablemente porque coincidió con una época de enfriamiento que desactivó cualquier otra posible influencia de crecimiento de la población o cambios en los usos del suelo.
El estudio de estos investigadores se enmarca en las tensiones surgidas en los últimos años entre los que creen que los fuegos deben seguir su curso y apagarse por sí mismos y los que consideran que hay que atajarlos cuanto antes. En el segundo caso, es obvio que manda el fin conservacionista, y también la liberación del dióxido de carbono que las masas forestales se han pasado años absorbiendo.
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