Vierta gasolina sobre una fogata y verá cómo las llamas aumentan su intensidad hasta convertirse en un infierno. Arroje tierra sobre el fuego y verá cómo las llamas se extinguen. Pero, ¿qué ocurre cuando se arroja tierra sobre un huracán? Es una pregunta muy seria. Los huracanes nacen en las aguas del Atlántico, en las cercanías de la costa oeste de África. Allí se agrupan las tormentas eléctricas y, en determinadas oportunidades, por razones que aún nadie ha podido entender por completo, se unen hasta formar monstruosas tormentas giratorias que pueden atravesar el océano hasta llegar a Estados Unidos, a miles de millas de distancia del sitio en el cual se originaron, según cita la NASA.
El lugar de nacimiento de los huracanes se encuentra muy cerca del desierto del Sahara (una enorme fuente de polvo y tierra), cuyas tormentas de polvo soplan su contenido sobre la región donde se originan los huracanes. ¿Qué efecto tiene ese aire seco y polvoriento sobre un huracán recién nacido? Este es uno de los misterios de la ciencia de los huracanes.
Dos hipótesis “Existen al menos dos posibilidades”, señala Bill Lapenta, investigador en ciencias atmosféricas del Centro Marshall para Vuelos Espaciales, de la NASA. Por un lado, el polvo podría fortalecer un huracán. Las partículas de polvo sirven como centros de nucleación para la formación de nubes y gotas de lluvia. Esto podría intensificar una tormenta joven porque la lluvia es una parte esencial de la “máquina térmica” interna de un huracán. Por otro lado, el aire seco y polvoriento podría tener el efecto contrario: frenar el desarrollo de una tormenta, si altera los patrones de circulación atmosférica que son normales para una tormenta en crecimiento.
Noticia publicada en Yucatán (México)