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La riqueza de generaciones: capitalismo y la fe en el futuro

Por Johan Norberg

Conferencia presentada en The Sofitel Wentworth, Sydney, 11 de octubre 2005 y en Langham Hotel, Auckland, 13 de octubre 2005, en ocasión de la 22nd Annual John Bonython Lecture, The Centre for Independent Studies. Publicado por cortesía de ContraPeso.info.

Publicado: Lunes, 12/2/2007 - 10:17  | 3282 visitas.

Imagen: Ecuador Ciencia
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Creer en el futuro es quizá el más importante valor para una sociedad libre. Es lo que hace que estemos interesados en lograr una educación, o en invertir en un proyecto, o incluso en ser amables con nuestros vecinos. Si pensamos que nada puede mejorar o si creemos que el mundo se acabará pronto, entonces no nos esforzaremos en lograr un futuro mejor y más civilizado. Y todos seremos miserables.

Los filósofos de la Ilustración crearon la fe en el futuro durante los siglos XVII y XVIII, haciéndonos reconocer que nuestras facultades racionales pueden entender al mundo y que con libertad podemos mejorarlo. El liberalismo económico probó que estaban en lo correcto. Adam Smith explicó que no es de la benevolencia del carnicero que esperamos nuestra carne, sino de su propio interés; es mucho más que una afirmación económica, es una visión del mundo. Es una manera de decir que el carnicero no es mi enemigo. Al cooperar e intercambiar voluntariamente, ambos ganamos. Y hacemos del mundo un mejor lugar, paso a paso.

Desde esos días, la humanidad ha logrado un progreso sin precedente. Pero sorprendentemente no vemos eso, por causa de viejos mecanismos mentales que fueron desarrollados en épocas más peligrosas, cuando la ganancia de uno era con frecuencia la pérdida de otro. Esta noche, hablaré de esos mecanismos, de lo que son y cómo tratar con ellos. Y un buen lugar para comenzar es con una ideología que ha aprovechado al máximo esos viejos mecanismos mentales: el socialismo.

Carlos Marx explicó que el capitalismo haría más ricos a los ricos y más pobres a los pobres. En el mercado libre, si uno ganaba el otro perdía. La clase media se convertiría en proletariado y el proletariado moriría de hambre. Fue un momento desafortunado para hacer esa predicción. La revolución industrial dio libertad para innovar, producir y comerciar, y creó riqueza en una escala enorme. Llegó a la clase trabajadora, ya que la tecnología los hizo más productivos y de mayor valor para sus empleadores. Sus ingresos se elevaron estrepitosamente.

Lo que sucedió fue que los proletarios se volvieron clase media y la clase media comenzó a vivir como la clase alta. El país más liberal, Inglaterra, lideró ese camino. De acuerdo a las tendencias de la humanidad hasta ese entonces, se hubieran necesitado 2,000 años duplicar el ingreso medio. A mitad del siglo 19, los ingleses lo hicieron en 30 años. Cuando murió Marx en 1883, el inglés promedio era tres veces más rico que el año en el que Marx nació, en 1818.

Los pobres en las sociedades occidentales tienen vidas más largas, con mayor acceso a bienes y tecnologías, y más oportunidades que los monarcas en tiempos de Marx.

Muy bien, dijo Lenin, el malvado aprendiz de Marx, nos equivocamos en eso. Pero la clase trabajadora de Occidente sólo pudo enriquecerse porque fue sobornada por los capitalistas. Alguien tuvo que pagar el coste de esos sobornos: los países pobres. Lenin quiso decir que el imperialismo era el siguiente paso natural del capitalismo, por el que los países pobres dedicaban su trabajo y sus recursos a satisfacer a Occidente.

El problema de esta teoría es que todos los continentes se volvieron más ricos, si bien a un paso diferente. El europeo occidental o el norteamericano es 19 veces más rico que en 1820, pero un latinoamericano es 9 veces más rico, un asiático 6 veces y un africano, 3. ¿De dónde fue robada la riqueza? La única manera de que esta teoría de suma cero se mantuviera en pie es que se hubieran encontrado los restos de una nave espacial muy avanzada a la que saqueamos hace 200 años. Y ni siquiera eso salvaría la teoría. Necesitaríamos saber a quién habían quitado esa riqueza los extraterrestres.

Es correcto decir que el colonialismo fue a menudo un crimen, y que en muchas instancias llevó a terribles acciones. Pero la globalización en las últimas décadas muestra que la existencia de países ricos facilita el desarrollo de los países pobres, cuando ambos participan en un intercambio voluntario y libre de ideas y bienes.

La globalización significa que las tecnologías que costaron miles de millones de dólares desarrollar a las naciones ricas pueden ser usadas de inmediato en los países pobres. Si usted trabaja en una empresa estadounidense en un país de bajos ingresos, su ingreso personal es en promedio 8 veces el de ese país. No es que las empresas multinacionales sean más generosas, sino que están globalizadas y usan máquinas y sistemas de gestión que eleva la productividad de los trabajadores, y por consiguiente sus sueldos.

Por lo tanto, las oportunidades de un país pobre con instituciones abiertas, proclives al libre mercado, se elevan conforme el mundo se desarrolla más. A Inglaterra le llevó 60 años duplicar su ingreso a partir de 1780; Suecia hizo lo mismo en 40 años. Un siglo después, países como Taiwán, Corea del Sur, China y Vietnam lo han hecho en menos de 10 años.

Durante los años 90, el siglo pasado, países pobres en los que en conjunto viven unos 3.000 millones de habitantes se han integrado a la economía global y han visto elevar sus tasas de crecimiento hasta casi el 5% per cápita. Eso significa que el ingreso promedio se duplica en menos de 15 años. Debe compararse esto con el crecimiento más lento de los países ricos y el crecimiento negativo en otros países pobres donde viven 1.000 millones de personas. Estos países, especialmente en la África sub-sahariana, son los menos liberales, menos capitalistas y menos globalizados. Parece que Lenin entendió las cosas al revés: los países pobres que están conectados con los países capitalistas por medio del comercio y la inversión crecen más rápidamente que los demás, no se vuelven más pobres.

Echemos un vistazo a las estadísticas para ver la historia más grande jamás contada. La proporción en pobreza absoluta en países en desarrollo ha sido reducida del 40 al 21% desde 1981. Casi 400 millones han salido de la pobreza, la mayor reducción de pobreza de toda la historia humana. En los últimos 30 años el hambre crónica ha sido reducida a la mitad, al igual que el trabajo infantil. Desde 1950 el analfabetismo se ha reducido del 70% al 23% y la mortalidad infantil en dos tercios.

De modo que los ricos se vuelven más ricos y los pobres se hacen ricos a mayor velocidad que los primeros. Ambos, Marx y Lenin se equivocaron. Ahora, es el turno de un economista socialista moderno, Robert Heilbroner, quien en 1989 admitió célebremente:

Menos de 75 años después del inicio oficial de la competencia entre capitalismo y socialismo, ésta se acabó: el capitalismo ha ganado. Los grandes cambios que están sucediendo en la URSS, China y Europa del Este nos han dado la prueba más clara posible que el capitalismo organiza más satisfactoriamente los asuntos materiales de la humanidad que el socialismo. (New Perspectives Quarterly, Otoño de 1989)

Pero Heilbroner no hizo las paces con el capitalismo. Las mentalidades de suma cero no mueren fácilmente. Alguien ha tenido que pagar por el éxito del sistema, ¿verdad? Pues sí, efectivamente. Heilbroner ha dicho que aún se opone al capitalismo, pero ahora porque significaba un alto coste ambiental. Después de oponerse al capitalismo porque creaba desperdicios, ineficiencias y pobreza, un socialista ahora podría oponerse al capitalismo porque es eficiente y crea mucha riqueza, y eso destruye la naturaleza.

Ese argumento es tan popular como falso. Antes que nada, los peores problemas ambientales no son las chimeneas. Es mucho peor que la gente queme madera, carbón, los desperdicios de las cosechas y estiércol para cocinar y calentarse. Sí, la producción moderna de energía crea problemas ambientales pero no mata a nadie cada 20 segundos, como ese asesino en las cocinas. Y las enfermedades trasmitidas por el agua matan otros 5 millones cada año. Tan sólo el número de personas que mueren por causa de estos dos problemas ambientales tradicionales es 300 veces superior al número de muertos en guerra en un año. Estas enfermedades, por cierto, han sido eliminadas en las naciones industrializadas de la tierra.

Más aún, cuando nos volvemos más ricos también podemos enfrentarnos a los nuevos problemas ambientales que las nuevas industrias crean. Cuando tenemos los recursos para salvar a ambos, a nuestros hijos y a nuestros bosques, empezamos a pensar en salvar a la naturaleza, para lo que el progreso económico y tecnológico nos da los medios. El medio ambiente es el resultado de un giro en las preferencias.

En los últimos 25 años la contaminación del aire en Europa se ha reducido en 40% y en los Estados Unidos, el 30%. Tenemos estudios detallados de la calidad del aire en Londres desde el siglo XVI, que se deterioró hasta 1890, para mejorar desde entonces: hoy es tan limpio como lo era en la Edad Media. Los bosques han crecido cada década en los Estados Unidos y la Unión Europea desde los años 70. Lagos y ríos están menos contaminados. La cantidad de petróleo que se ha derramado en los océanos se ha reducido en 90% desde 1980.

Sí, seguro tenemos grandes problemas ambientales frente a nosotros. Pero tuvimos aún mayores problemas antes, y los logramos solucionarlos gracias a mayor riqueza, conocimiento y tecnología. Y no veo razón por la que no sigamos haciendo lo mismo.

Así que, ¿hemos visto finalmente los beneficios del liberalismo y del capitalismo? Pues casi. Uno de los socialistas que ha visto muchas de sus visiones caer es el historiador marxista Eric Hobsbawm. Con renuencia ha terminado por reconocer que el capitalismo ha demostrado su valor en lo que se refiere a casi todo. Pero tiene una objeción final: ¿Nos hace felices? ¿Qué sucede con la calidad de vida? Éste es el último argumento que se ha difundido contra los mercados libres. El encargado de popularizarlo ha sido el economista británico Richard Layard y consiste más o menos en esto:

El desarrollo económico no contribuirá a mayor felicidad, porque estamos más interesados en nuestra posición relativa. El hecho de que alguien tenga mayores ingresos –que lo hacen feliz– hace a otros menos felices, lo que los fuerza a trabajar más y mantener su posición relativa. Al final todos somos más ricos, pero no somos más felices que antes, ya que no podemos ser más ricos que el resto de la gente. En otras palabras, un mejor futuro no resultará en un mejor futuro.

Sabemos que existe un salto dramático en el bienestar reportado por los ciudadanos cuando los países pasan de un ingreso per cápita de unos 5.000 a unos 15.000 dólares anuales. Pero entonces la satisfacción se nivela, de lo que Richard Layard concluye que ya no debe importarnos mucho el crecimiento en los países ricos. En realidad, él quiere menos movilidad y cambio, y desalentar el trabajo duro con impuestos altos, para dejarnos tiempo a lo que nos hace más felices: la familia y los amigos.

¿Es ésa la conclusión correcta? Imagine que usted está feliz porque tiene una fiesta la semana que viene. Después de la fiesta, Richard Layard lo entrevistaría a usted para ver que no es más feliz después de la fiesta que antes de ella. Así que probablemente lo alentaría a dejar de dedicar un montón de tiempo y energía a las fiestas, porque aparentemente esto no eleva su bienestar.

Es una conclusión grotesca. Usted no tendría el sentido de alegría y felicidad en primer lugar si no tuviera cosas agradables en perspectiva, cenas interesantes y buenas fiestas, por ejemplo. ¿Es posible que lo mismo suceda con la riqueza? El hecho de que el crecimiento no eleve la felicidad no significa que sea inútil. En realidad, podría ser el hecho de que el crecimiento continúe lo que nos hace posible que sigamos creyendo en un futuro mejor y seguir experimentando esos altos niveles de felicidad.

Gracias a las encuestas sabemos que la esperanza está correlacionada con la felicidad. Si se quiere encontrar a un europeo feliz, busque a alguien que crea que su situación personal va a ser mejor dentro de cinco años. Y vemos lo mismo cuando comparamos a estadounidenses y europeos. De acuerdo con la Harris Poll, el 65% de los estadounidenses y sólo el 44% de los europeos piensan que su situación será mejor en cinco años. En consecuencia, el 58% de los estadounidenses están satisfechos con sus vidas, y sólo un 31% de los europeos.

En países pobres y mal gobernados sociedades enteras sufren de desesperanza. Se tienen pocas oportunidades, sin expectativas de que mañana pueda ser un día mejor. La creencia en el futuro crece cuando los países pobres comienzan a experimentar crecimiento, cuando los mercados se abren y los ingresos se elevan. Eso puede explicar por qué la felicidad alcanzó altos niveles en Occidente después de la Segunda Guerra Mundial. Con las economías creciendo rápidamente, la gente comenzó a pensar que sus hijos tendrían una vida mejor que la de ellos.

Elevar los impuestos para desalentar el trabajo y reducir el crecimiento económico sería una manera de suspender ese progreso. Casi todos los estudios muestran que la pérdida de ingresos y oportunidades reducen la felicidad.

En realidad, la felicidad no ha dejado de crecer. De acuerdo al World Database of Happiness, dirigido por el investigador holandés Ruut Veenhoven, la felicidad se ha elevado en la mayoría de los países occidentales en los que la encuesta se ha realizado desde 1975. Hay retornos decrecientes, pero incluso en nuestro nivel de vida la gente eleva su felicidad cuando las sociedades se vuelven más ricas. Y los lugares más felices son los más individualistas: Norteamérica, Europa del Norte y Australasia.

Otra razón de esta felicidad es que las sociedades liberales y de mercado permiten a las personas libertad de elección. Si nos acostumbramos a ella seremos cada vez mejores escogiendo cómo vivir y trabajar de la manera que nos gusta. Quien no crea que será más feliz trabajando más duro, puede dejar de hacerlo. Una encuesta mostró que 48% de los estadounidenses, en los últimos cinco años, redujeron sus horas de trabajo, rechazaron promociones de trabajo, redujeron sus expectativas materiales o se mudaron a lugares más sosegados. ¿Comida rápida o comida lenta? ¿Con logo o sin logo? En una sociedad abierta, usted decide.

Eso será mientras seamos libres para tomar las decisiones nosotros mismos. Quienes usan los estudios de felicidad para proponer un programa contrario al mercado nos negarían esa libertad. Nos dirían cómo vivir nuestras vidas y por eso, reducirían nuestra habilidad para tomar esas decisiones en el futuro.

A pesar de las críticas de Layard contra el materialismo y el individualismo incluso él admite que "nosotros en Occidente somos más felices que ninguna otra sociedad previa". Pues bien, en ese caso, por favor, o socave esa sociedad.

Somos más ricos, más sanos y más felices de lo que jamás lo hemos sido. Vivimos más, vivimos más seguros, vivimos más libres que nunca antes. En cada generación sucesiva hemos sido capaces de lograr construir sobre el conocimiento, la tecnología y la riqueza de generaciones anteriores, y agregar la nuestra. Hemos aumentado más la libertad, creado más riqueza y elevado más la expectativa de vida en los últimos 50 años que en los anteriores 5.000.

No sólo estoy diciendo que el vaso está medio lleno y no medio vacío. Estoy diciendo que antes estaba vacío. Sólo hace 200 años la esclavitud, el feudalismo y la tiranía regían al mundo. De acuerdo a nuestros estándares los países más ricos eran extremadamente pobres. La probabilidad media de pasar el primer año de vida era menor a la probabilidad que tenemos hoy de llegar a la jubilación.

El vaso está ahora al menos medio lleno y se está llenado mientras hablamos. Y si lo tuviera aquí, frente a mí, propondría un brindis a la creatividad y la perseverancia de la humanidad.

En otras palabras: no se preocupen, sean felices.

Pero a pesar del hecho de que somos felices, parece como si no nos diéramos cuenta, y en verdad nos preocupamos.

Cuando le preguntamos a la gente qué está pasando en el mundo, la mayoría dice que las cosas van a peor, que la pobreza está creciendo, que la naturaleza se está destruyendo. La semana pasada publiqué una investigación mostrando que los suecos piensan que todos los indicadores de estándar de vida y del medio ambiente empeoran, cuando en realidad están mejorando. Cuando leemos los periódicos vemos problemas, pobreza y desastres. Poderosos movimientos internacionales se oponen a la globalización y al capitalismo porque piensan que elevan la miseria y el hambre. Y los académicos escriben libros diciendo que todos estamos tristes y deprimidos.

Si hay algo que no mejora en el mundo es nuestra visión del mundo. ¿Por qué? Si la aventura de la humanidad es ese gran triunfo, ¿por qué no nos damos cuenta? ¿Por qué tenemos una tendencia a pensar, como Marx, Lenin, Heilbroner y Hobsbawm, que el progreso que hemos tenido debe provocar un problema u otro? Intentaré darles unas pocas explicaciones de este asombroso y molesto hecho.

El problema del sesgo

El primer y más obvio villano de esta historia es la evolución. La selección natural ha girado la atención de la humanidad a los problemas. Es fácil de entender que los primeros seres humanos que se sentaban después de una buena comida a descansar y disfrutar la vida probablemente no encontraran después suficiente comida para llenar sus estómagos al siguiente día, además de correr el riesgo de ser devorados por un león. Mientras tanto, los que estaban permanentemente estresados y previniendo posibles problemas que pudieran encontrarse, quienes siempre cazaban y recogían un poco más de comida por si acaso y quienes siempre miraban con sospecha el horizonte, fueron quienes encontraron refugio antes de una tormenta o antes del ataque de un león. Así que ellos sobrevivieron y pasaron sus genes llenos de ansiedad y estrés hasta nosotros.

Es importante ser consciente de los problemas porque los problemas nos indican que debemos actuar. Si mi casa se está incendiando, necesito saberlo ahora. Que mi casa sea bonita no es tan importante. Si escucho información acerca de algo en la comida que puede matar a mis hijos, necesito la información ya. Que haya algunas comidas nuevas y deliciosas en el mercado no es tan importante.

La humanidad es una especie de solucionadores de problemas. Quienes resolvieron los problemas sobrevivieron. Y significa que los buscamos. No nos detenemos en el momento en el que solucionamos un problema viejo y nos alegramos, buscamos el siguiente gran problema y comenzamos a trabajar para solucionarlo.

No permanecemos despiertos por las noches contemplando el hecho de que hemos sido capaces de tratar a la polio y la tuberculosis. Nos quedamos despiertos en la noche y nos preocupamos por el SIDA, y nos preocupamos de lo que la gripe aviar pueda significar en el futuro. No pensamos en lo grandioso que fue la erradicación de la malaria en los países desarrollados. Pensamos lo terrible que es que tantas personas mueran a diario de malaria en los países en desarrollo.

El autor estadounidense Gregg Easterbrook ha señalado el hecho de que los problemas viejos, por terribles que hayan sido en el pasado, parecen menos temibles en retrospectiva, porque sabemos que los pudimos resolver. Pero los problemas de hoy son inciertos y están sin resolver, y por eso se quedan en nuestra mente.

Hace pocas semanas, la primera noticia en los medios principales de televisión fue la existencia de "una creciente amenaza ambiental" en Europa. El problema era el transporte marítimo, que rápidamente se ha convertido en el mayor emisor de dióxido de sulfuro en Europa. Sin embargo, escuchando atentamente el reportaje, se podía entender que la causa no era el crecimiento de las emisiones de ese transporte –que sí crecieron un poco–, sino la reducción de otras fuentes emisoras. Las emisiones totales de dióxido de sulfuro en Europa (incluyendo a los barcos) han sido reducidas en un 60% en 15 años. Así que la historia real versaba sobre la dramática mejora de las condiciones ambientales, pero ahora el problema era el transporte marítimo, con el que teníamos que enfrentarnos, y eso era la noticia.

Soy un optimista. Creo que este sesgo de percepción es algo bueno. Es lo que nos mantiene alertas, para así resolver problemas y mejorar el mundo. Pero tenemos que entender que esto también significa que nuestras mentes están constantemente ocupadas con problemas. Y que por eso tendemos a ver el mundo peor de lo que es.

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